Por Oscar Mainieri

Martin Scorsese es un claro ejemplo de quien ha realizado maravillas con sus imposibilidades. De aquel chico asmático que observaba desde la ventana de su departamento las actividades de los pequeños criminales de su barrio a El irlandés, hay un largo camino recorrido que, en sus mejores postas, ha sabido plasmar como nadie las banalidades del mundo del crimen organizado de los Estados Unidos. A diferencia de Francis Ford Coppola — que con su saga de El Padrino revitalizó el cine de gánsteres y ofreció una versión magna, romántica y perdurable de la familia Corleone — Scorsese con la minucia de un entomólogo, se ha dedicado a narrar los menesteres de personajes marginales o segundones dentro de la estructura mafiosa, retratando un microcosmos urdido con lealtades, traiciones y un pragmatismo amoral.

Aquí sigue las derivaciones de Frank Sheeran (Robert De Niro), un camionero que busca mejorar sus ingresos, lo que logrará al conectarse con Russell Bufalino (Joe Pesci), un capo mafia menor. Probada su lealtad, con las nuevas amistades vendrán los encargos como killer –para barrer toda basura que incomode o entorpezca los negocios de sus jefes- y una nueva esposa. Con el tiempo, probada su eficacia como profesional del asesinato, entablará amistad con el sindicalista Jimmy Hoffa (Al Pacino), una relación que puede llegar a tensar la cuerda entre Russell y Frank.

El film está narrado desde el punto de vista de un octogenario Sheeran, que desde una cómoda silla de ruedas le narra la historia al espectador, con la parsimonia de la edad, pero con un detallismo escalofriante. La experiencia como soldado en la Segunda Guerra es determinante para los logros en su posterior oficio: descubre allí que se puede matar limpia y económicamente, sin remordimientos. Siendo de procedencia irlandesa y teniendo ojos azules, Sheeran no tiene a la religión como una referencia.

Historia de varones, donde las mujeres sólo buscan un espacio para fumar y ser mantenidas, permite asomarse al examen de los vínculos que entablan, de una puerilidad absoluta. En un punto, todo este devenir –que abarca cinco décadas- puede ser visto como un juego de niños, donde la pertenencia a pandillas o bandos se dirime en el respeto de ciertas reglas y códigos estrictos, donde hay cosas que no se dicen pero se deducen, trasgresiones que se pagan con la vida, lealtades que pueden más que el vínculo amoroso más fuerte. Poco falta para que Frank comparta la cama con el sindicalista de los camioneros.

Las anécdotas de Sheeran tienen un sabor parecido a la de los chicos que reseñaban qué honda resultaba mejor para voltear a un pajarito, aunque en su caso las hondas sean revólveres de distintos calibres, cuyas funciones y usos el ex camionero describe con didáctica frialdad (ecos de Taxi Driver, la escena en que el proveedor le detalla a Travis Bickle los vicios y virtudes de su mercadería).

A lo largo del extenso metraje, las misiones se suceden, el círculo de relaciones de Frank se amplía. Vamos conociendo a una variopinta gama de criminales, su estilo de vida, su “buen gusto” para el vivir y reposar, todo ambientado con la banda sonora de los temas musicales de cada época descripta, con esa sabiduría en la elección que pocos logran con tan buen tino como este gran cinéfilo. Tratándose de personajes de la vida real, la historia estadounidense desfila ante nuestros ojos de manera tangencial pero no descuidada. Veremos cómo la mafia tuvo que ver con la muerte del presidente Kennedy (algo que ya se decía en el JFK de Oliver Stone) y cómo la labor del fiscal Robert Kennedy empantanaba los negociados del todopoderoso Hoffa.

Scorsese crea un universo laberíntico pero nunca tenemos que recurrir al GPS porque se apoya en un guión que nunca se pierde en desviaciones innecesarias, y su maestría en el arte de narrar –un asesinato en un restaurante o el apagarse de la vida de Frank resueltos con un plano secuencia- no nos ahorra desplazamientos de cámara virtuosos o la exploración de nuevos efectos especiales para quitarle décadas a los rostros a sus actores. Todo está resuelto con una economía que parece contagiarse de la parquedad de su narrador, enemigo de las frases subordinadas y de la expresión de sentimientos, como muchos hombres de su generación.

Sin embargo, Frank tiene una piedra en su zapato que le molesta más que otras. La mirada moral de su hija Peggy (Lucy Gallina de pequeña, Anna Paquin de mayor), que le recuerda a él y a los espectadores que su accionar no es bueno. Al fin y al cabo, Scorsese fue criado en el catolicismo, bajo unas normas que amenazan el pragmatismo de su juvenil alter ego en Calles peligrosas (Harvey Keitel, aquí como un parco capo mafia de mayor rango) y que el negado Frank abrazará –convencido o no, o porque es lo que debe hacerse, uno no sabe qué anida en esa envejecida masa gris- poco antes de partir.

Otro de los apoyos para el director radica en los actores. De Niro ha sido el gestor del proyecto, convenciendo a su amigo para que lo lleve a cabo como lo hiciera en ocasión de El toro salvaje. Si bien su imagen se ha desgastado en variedad de cometidos menores, cuando se calza el uniforme de gran actor De Niro es casi insuperable. Aquí su gestualidad está reducida al mínimo, aunque de vez en cuando se permita esas expresiones que nos hacen creer que posee alguna tara mental. La escena en que tiene que hablar por teléfono con la esposa de su amigo Hoffa, desaparecido en extrañas circunstancias, es de lo mejor que le hemos visto, con su tartamudeo y enlodamiento emocional.

Pacino trae consigo el universo Coppola, pero bajo el ala de Scorsese nada de sequedad expresiva; aquí es gritos, gestos operísticos, una explosiva presencia corporal que contrasta con la de Frank. Aquel Michael Corleone que se ha desgastado por un exceso de malas elecciones y una mayor labor teatral, es el otro gran ícono actoral que nos legó el renacimiento Hollywoodense de la década del 70. No es la primera vez que ambos se encuentran en una pantalla de cine, pero es la ocasión en que más se lucen.

De Joe Pesci no hay mucho que decir. El film no sería lo mismo sin él. Aquí también se juega a lo menos es más, a diferencia de sus otras interpretaciones con Scorsese (El toro salvajeBuenos muchachos) donde la lava del volcán arrasaba con todo lo que se le ponía por delante. Sus escenas en la cárcel son verdaderamente enternecedoras.

Con tanta autocita, con un protagonista tan envejecido, es tentador decir que estamos ante el testamento de un gran director. Aunque cada vez le cuesta más conseguir financiamiento para sus proyectos –en ese sentido, hay que agradecer a Netflix el enorme desembolso- Scorsese siempre termina reinventándose. No por nada es el mejor cineasta estadounidense de su generación, y El irlandés, una de sus más depuradas expresiones.